Alergia, Rinitis, Asma y Alimentación

Todos los síntomas y enfermedades relacionadas con alergias respiratorias, como la rinitis alérgica (polinosis, fiebre del heno), conjuntivitis y asma, también pueden tener una causa alimentaria. Fue Brandt quien, en 2007, descubrió que animales que presentaban una reacción inflamatoria debido a la comida, aún sin ser “alérgicos” al polen o a los ácaros, mostraban síntomas respiratorios cuando comían los alimentos que les causaban la inflamación.
La inflamación alimentaria puede aumentar la reacción alérgica incluso en pacientes predispuestos. Reducir la inflamación a través de una dieta personalizada también puede controlar las reacciones mediadas por IgE.
Las personas que consumen cierta comida en exceso pudieran estornudar, toser o tener dificultad para respirar debido a un estado inflamatorio inducido por los alimentos y sufrir, en contacto con el polen o los ácaros, un efecto similar al de la “gota colma el vaso”. Por ejemplo una persona con una sensibilidad al gluten no celíaca, que continúa comiendo pan y pasta, puede estornudar o tener conjuntivitis debido a la inflamación producida, no solo por el contacto con el polen, sino por el gluten.

¿Qué hacer? Junto con los enfoques más clásicos, el estudio de la inflamación alimentaria a menudo conduce a resultados inesperados. Después de realizar el Food Inflammation Test, medir los valores de las citocinas inflamatorias, y estudiar el perfil alimentario de la persona con síntomas alérgicos, es posible definir un entorno dietético correcto que reduzca la inflamación generalizada. En cierto sentido, se puede “vaciar el vaso” y evitar que el polen, los ácaros, o los mohos “lo colmen” de nuevo, causando la sintomatología clásica. En muchos casos, el entorno nutricional reduce la sintomatología alérgica al punto de ya no necesitar medicamentos; aun cuando la sintomatología no se soluciona por completo se puede reducir considerablemente la necesidad de fármacos.
La terapia nutricional puede complementar cualquier tratamiento, desde el uso de antihistamínicos hasta el empleo de inhaladores, o también el apoyo con probióticos específicos. El aumento de la inflamación y la permeabilidad en el intestino conduce al desarrollo de citoquinas que acentúan o incluso inducen síntomas alérgicos La evaluación de la inflamación alimentaria es esencial sobre todo en aquellos casos en los que existe una discordancia entre la positividad de las pruebas alergológicas y la temporada de aparición del trastorno (por ejemplo, pruebas positivas para gramíneas pero síntomas que aparecen en septiembre) o peor aún cuando las pruebas son “positivas a todo” o al contrario “negativas a todo”.

Otras sugerencias: Además de la evaluación inflamatoria relacionada con la ingesta de algunos alimentos específicos, se debe considerar que algunos azúcares (fructosa, sacarosa, maltosa) también pueden activar los síntomas alérgicos, hecho que describió PK Smith en febrero del 2017 en el Journal of Allergy and Clinical Immunology (JACI). La sacarosa, fructosa y otras sustancias dulces de rápida absorción, facilitan la glicación y son responsables de un número significativo de síntomas alérgicos. Se estima que el 62% de las reacciones alérgicas idiopáticas, dependen de la inflamación sistémica y de la glicación, como lo explicó JM Anto en el mismo volúmen de la revista JACI. La sintomatología alérgica mejora sin duda con el uso de antihistamínicos. El empleo de otras sustancias como el aceite de perilla, de grosella negra (Ribes nigrum) o quercetina, en muchos casos, ayuda a reducir las molestias estacionales. Los últimos años también se ha resaltado la función antialérgica de los probióticos, ahora ya disponibles sin residuos lácteos/casearios, como bifidobacterias y lactobacilos, en particular L. paracasei y L. rhamnosus, que desempeñan una importante acción de reequilibrio inmune y se asocian a las otras herramientas terapéuticas antialérgicas, integrándose de manera efectiva. Durante años se pensó que el intestino solo realizaba funciones de absorción, mientras que hoy en día sabemos claramente cuán importante es su papel en el funcionamiento del sistema inmunológico, en resumidas cuentas: “si la barriga está bien, todo el cuerpo está bien”.

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